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sábado, 25 de agosto de 2018

Corazón roto.


Aquel hombre del fondo se llama Lester. Este es su barrio. Esta es su calle. Tiene cuarenta años. Tendría que haber cumplido cuarenta y uno a medianoche. En menos de cinco minutos habrá muerto. Claro qué, esto aún no lo sabe. Y en cierto modo, hacía tiempo que ya lo estaba... 

  Tras acudir a la consulta del Doctor Gálvez, este, le advirtió de que debería cuidar su debilitado corazón. Se personó en la consulta nada mas regresar a la ciudad, ya que se sentía más fatigado que de costumbre. 
  Esa misma noche, una noche como otra cualquiera, Lester se estiraba buscando desperezarse. Se frotaba los ojos como si quisiera despertar. Por motivos de trabajo, pasó un par de meses fuera de la ciudad. Su piel se había estirado de manera exagerada. Un falso florecimiento que le reconfortó al ver su rostro reflejado en una de los cristales de una de las ventanas que daban al exterior. Le extrañó no haber tenido el recibimiento de siempre. Había encontrado a Sofía fría y distante. 
  La barra no es un mal lugar, pensó Lester. Pero finalmente eligió una mesa. Mejor una mesa. Sofía quería hablar con él. Debía ser importante. Él también tenía que hablar con ella, y que mejor lugar que sentados cómodamente frente a frente. 
  Tras la nefasta noticia sobre su estado de salud, decidió dar un vuelco a su vida y dedicarse a lo que realmente le hacía feliz; escribir. Esta era la buena noticia.
  La puerta del bar engullía siluetas de sombras que provenían del reflejo de la tibia luz de las farolas en la calle. Unas de hombre, otras de mujer, otras de... ¡qué mas da! Hasta que Sofía entró imponente por la puerta del local. 
  Estaba preciosa. Lester brincó de la silla a la mesa apoyándose en la punta de los codos y esbozando una mueca de extremo dolor. Un par de crías de crin rubia y enormes lazos educadas para ser estúpidas, se desternillaban ante él al ver las muecas que su rostro intentaba contener. Una de ellas, llevaba atado a su muñeca una cuerdecilla que en su extremo sujetaba un enorme globo de color rojo. Sofía se dirigió hacia Lester con paso firme y le sacudió con la siguiente sentencia:


-Lester... ¡quiero dejarlo!

  Entonces le sobrevino la misma sensación. Era un dolor opresivo que iba en aumento. Le faltaba el aire. Abría la boca como pez fuera del agua. La opresión iba en aumento. El dolor se extendió hacia el lado izquierdo. La espalda, el cuello y la mandíbula se volvieron rígidas. Ahora era el brazo lo que le dolía. Un sudor frío empapó su frente y labios. Hasta que al fin pareció que comenzaba a recuperar la normalidad. Y se tranquilizó...

- ¿Qué quieres decir con qué quiero de dejarlo? ¿Dejar el qué?
- Lo nuestro Lester. Tú y yo.

  Unas náuseas repentinas le estaban revolviendo el estómago. De repente, por la comisura de sus labios surgió de improviso un reguero de vómito. El tiempo se heló lo que dura un segundo cuando se hace eternidad. El cuerpo de Lester cayó golpeando la cabeza sobre la mesa. El enorme globo rojo explotó estrepitosamente. Sofía lo asió por las axilas en un vano intento por volverlo a su posición natural. Lo llamó por su nombre en repetidas ocasiones. Se disculpó. Y gritó como poseída por un sentimiento de culpa que sabía que nunca cicatrizaría. Las campanadas de una iglesia cercana repicaron. Las doce en punto.
  Alguien dijo una vez, que la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes. Pues Lester no tuvo tiempo para llevar a cabo esta máxima. Su intención era esta. Tras recibir la nefasta noticia de su dolencia, se marcó como objetivo el saborear cada segundo como si fuera el último. Para ello contaba con Sofía. Andaba muy ilusionado con poder compartir su nueva aventura con ella. Sin tiempo para saborearlo, la vida le había dado una nueva oportunidad. Quería pasar tiempo en casa. Dedicarse a las tareas propias de la vida mundana. A su hobby vocacional que dejó aparcado por exigencia familiar. Pero su débil corazón no pudo más. Su corazón colmado no pudo más y...

Eleuterio Fernández Ramos, Lester para los amigos, pasó a engrosar la lista de los Corazones Rotos.


FIN

jueves, 12 de julio de 2018

Laurita, Laura, Laurita...


En la calurosa tarde del nueve de Julio nadie pudo imaginar qué, tras aquella cortina, en el interior de aquella habitación del segundo piso, iba a dar a luz sola aquella chiquita de ojos claros y piel pálida. Apenas contaba con dieciocho años de edad. Menuda perdida de tiempo aquello de estudiar. Se decía encerrada en su cuarto de estudio mientras se masturbaba con la imágenes de aquellos chicos de sexo aureo que aparecían como distraídos en alguna pose grotesca o fuera de control y despojado de lo más sagrado de su intimidad.
Laurita, recogía tempestades mientras saboreaba el placer de provocar tormentas. Nada en ella era improvisado. No daba puntada sin hilo.  La vida era para esta, algo así como una montaña rusa plagada de giros emocionales donde poder sacar provecho de lo ajeno. 
Muy lejos de la educación que para ella le tenían programada sus padres, cirujano él, pediatra ella, se encontraba en contraposición su otro yo; Laura. Su hermanita gemela, ojito derecho de su padre y el izquierdo de su madre, así al menos lo veía y expresaba en enérgicas discusiones familiares que acababan siempre en desplante. Laurita, después de despotricar por todo, por todos y para todos, cerraba la polémica en los más alto del climax en un acto de falta de empatía y desfasada soberbia en favor de un egoismo enfermizo impropio de su edad. Antes ella que el mundo. Lo que no sabía es qué, la vida te come sigilosa mientras tú la desafías abiertamente. 
Laura. Laura era la culpable de todo sus males. La que tuvo que nacer para ella desaparecer. Para ser destronada. Una linda chiquita víctima de las envidias que inconscientemente provocaban sus encantos. Laura. Pobre Laura.  En un vaivén de psicólogos y terapeutas transcurrió la vida de la pequeña, machacada a golpe de goteo por su otro ella. 
Alta capacidad le diagnosticaron. Menuda prenda la chica. Laurita utilizó su "don" para hacer el mal. Le resultaba más placentero regocijarse, que condonarse y aceptar que tampoco consistía en alcanzarlos los valores celestiales de un buen samaritano. 
En bastarda se reconoció a los dieciocho. Una burda falacia que urdió bajo el auspicio de las más que despreciables amistades que el mundo de la droga le puso en el camino. Todo su afán consistía en ganarse la vida a base de los esfuerzo y sacrificios de sus padres. Todo dinero era poco con tal de matar al bicho que anidaba en su cabeza. Y así acabó. Pariendo un bastardo qué, no por no quererlo legítimo no saberlo supo qué, no podía buscar donde no sabía encontrar. Y así acabo Laurita siendo, eso que pudo ser y no supo sino siendo; Laura. Laura, Laurita, Laura...